El 4 de noviembre de 1940, el mariscal Pétain visitó el Museo Ingres de Montauban, donde se resguardaban temporalmente tesoros del Louvre lejos de los bombardeos alemanes. Ante La Inmaculada Concepción de los Venerables, de Murillo, comentó con sorna: «Tant d'enfants pour une Vierge!» («¡Tantos niños para una Virgen!»). Poco después, la obra abandonaría Francia rumbo a la España franquista, en el inicio de un episodio en el que el arte se convirtió en herramienta diplomática al servicio de la propaganda y la identidad nacional.
El intercambio artístico entre España y Francia en 1940, que devolvió la Inmaculada de Murillo a España a cambio de obras como un Velázquez y un retrato de El Greco, fue mucho más que un gesto de diplomacia cultural. Enmarcado en los inicios de la Segunda Guerra Mundial y protagonizado por dos regímenes autoritarios, el episodio revela cómo el arte sirvió a la construcción de la memoria histórica y de la identidad nacional del franquismo.
La obra ya poseía un valor simbólico consolidado. En la subasta de la colección del mariscal Soult, a mediados del siglo XIX, alcanzó el precio más alto pagado hasta entonces por una pintura y fue adquirida por el Louvre. Aquella cifra confirmó a Murillo como uno de los pintores españoles más cotizados del mercado internacional entre 1850 y 1870, cuando se le consideraba el pintor perfecto.
Más allá de lo estético, la Inmaculada encarnaba una imagen de poder que atrajo a pujadores como Isabel II, el zar Nicolás I o la National Gallery de Londres. Esa misma carga simbólica llevó a Franco a reclamarla décadas después: para el régimen, la obra, con su blancura y su pureza, era pieza central de la propaganda nacionalcatólica. El acuerdo con Pétain devolvió a España la Inmaculada, junto con piezas como la Dama de Elche y fragmentos del Tesoro de Guarrazar, a cambio de obras destacadas para Francia.
La negociación fue liderada por el marqués de Lozoya, director general de Bellas Artes, con Luis Pérez Bueno, Marcelino Macarrón y el pintor José María Sert como representantes oficiosos. El argumento que sustentaba el interés español no dejaba lugar a dudas: se trataba de «la imagen más perfecta de la patrona de España», una reivindicación cargada de nostalgia por una grandeza pasada y de una noción de identidad racial y cultural. Vinculada desde su instalación, en 1665, a las celebraciones frente a Santa María la Blanca, la obra se convirtió así en símbolo máximo del poder y la pureza nacionales. La crítica francesa, por su parte, justificó la cesión calificando a Murillo de artista «decadente» y pasado de moda.
De hecho, a comienzos del siglo XX Murillo ya había perdido el favor de las vanguardias, que preferían a un Velázquez más conceptual. Incluso Zurbarán, eclipsado por Murillo en vida, terminó por superarlo en el interés de los artistas modernos. La prensa francesa aprovechó este desgaste crítico para justificar el intercambio, mientras que en España se celebraba como una victoria diplomática frente a Francia.
Finalmente, instalada en el Museo del Prado, La Inmaculada se consolidó como icono nacional del catolicismo exaltado: símbolo de pureza y de poder.
