El gusto francés por la pintura sevillana.

El expolio, en su acepción más extendida, es la incautación ilícita de patrimonio artístico, histórico y arqueológico sin el consentimiento de su propietario ni de las autoridades. Es un fenómeno recurrente a lo largo de la historia: cuanto mayor valor otorgan las sociedades a su patrimonio cultural, mayor es también el riesgo de perderlo, ya sea por excavaciones poco rigurosas, por el saqueo con detectores de metales o por la dificultad de proteger el patrimonio subacuático (Terreros Andreu, 2004). Ya en la Edad Media desaparecían obras de arte, aunque el interés por el objeto artístico en sí era todavía limitado. Ese interés creció con los gabinetes de curiosidades de la Roma del siglo XII y el comercio veneciano de piezas orientales en el XIII, que dieron origen al concepto de «antigüedades» y a una demanda que se intensificó con los proyectos museográficos de carácter nacional. Napoleón Bonaparte, con sus campañas en Italia (1796) y Egipto (1798), inaugura la era del «robo profesional»: arqueólogos y expertos trabajando para nutrir los grandes museos europeos (Domínguez Monedero, 2001).

En España, la Guerra de la Independencia y la reorganización del Estado marcan el inicio del siglo XIX. En este escenario irrumpe el mariscal Soult, una figura contradictoria: villano en la historiografía española por sus saqueos artísticos, héroe en la francesa por su trayectoria política y militar. Pese a su escasa formación en arte, mostró un criterio certero al seleccionar obras de Zurbarán o Valdés Leal, lo que sugiere que contó con un asesoramiento cuya identidad la historia aún no ha revelado (Cano Rivero, 2015). En 1810, Sevilla vivió uno de los episodios de expolio más dolorosos de su historia. Las tropas de Soult, ya preparadas para nutrir el proyectado Museo Real de Napoleón, obligaron a la Catedral y a numerosas iglesias y conventos, entre ellos Santa Caridad, Santa María la Blanca y San Francisco, a entregar sus mejores pinturas. Solo el convento de los Capuchinos logró adelantarse: ocultó sus lienzos de Murillo en Cádiz y, gracias a ello, hoy se conservan en el Museo de Bellas Artes de Sevilla (Valdivieso González, 2009).

El balance fue demoledor: 999 pinturas expoliadas, 150 de ellas enviadas a París en 1812. Tras la muerte de Soult, parte de su colección se vendió y otra parte pasó al Museo del Louvre (Valdivieso González, 2009, pp. 20-25). Terminada la guerra, España intentó recuperar parte de las obras, con éxito solo parcial. Las de Santa María la Blanca, por ejemplo, nunca volvieron a Sevilla: acabaron en el Museo del Prado. Otras solo regresaron mediante intercambios, como una Inmaculada de Murillo canjeada por un retrato de Velázquez. Entre las pérdidas más significativas figuran obras de Pacheco, Roelas, Campaña y Herrera el Viejo, además de la serie de Murillo del Claustro Chico del Convento de San Francisco, hoy dispersa en distintas pinacotecas (Valdivieso González, 2009).

Con estas piezas, Soult reunió una de las colecciones privadas de pintura española más importantes de su tiempo: en la venta de 1852 se catalogaron 157 cuadros, más de la mitad pertenecientes a la escuela española (Valdivieso González, 2009). Fue un legado disperso entre Francia y España que, en muchos casos, supuso un auténtico saqueo de un patrimonio que entonces representaba identidad y orgullo popular para Sevilla.