Diseñar el sistema de textos de una exposición significa organizar distintos niveles de lectura, cada uno con su propia función y extensión. En su obra de referencia Exhibit Labels: An Interpretive Approach, Beverly Serrell establece esta jerarquía como una de las bases del diseño interpretativo en museografía. Su modelo es hoy un estándar para instituciones culturales y bibliotecas universitarias de todo el mundo.
Todo empieza con el título de la exposición, de apenas una a siete palabras. Su función es atraer la atención y señalar el tema central. No explica, capta: despierta la curiosidad sin agotar el significado de la muestra. Después viene la cartela introductoria, de 20 a 300 palabras, que presenta la gran idea y orienta al visitante en el espacio. Las cartelas de grupo, de 20 a 150 palabras, interpretan un conjunto de objetos relacionados e introducen un subtema. Por último, las cartelas de pie de objeto, también de 20 a 150 palabras, interpretan cada pieza de manera individual. Son las más cercanas al objeto y las que el visitante lee de forma más selectiva.
Serrell advierte además de los «diez pecados capitales» del texto expositivo. Los más graves son las cartelas sin conexión con una gran idea, los textos que informan en lugar de provocar el pensamiento, las cartelas que ignoran lo que el público ya sabe o cree, y la falta de un sistema coherente de diseño y contenido. También son habituales el vocabulario inaccesible, los textos demasiado largos, las preguntas que ningún visitante se haría, las instrucciones interactivas que no encajan en el recorrido, las cartelas sin referencias concretas y visuales, y una tipografía que dificulta la lectura por una mala elección de fuente, color, iluminación, materiales o ubicación.
La legibilidad también cuenta. El cuerpo tipográfico recomendado es de 16 a 18 puntos para las cartelas de objeto y de 18 a 22 puntos para las de grupo. Los paneles introductorios en pared deben tener al menos 30 puntos, o 20 puntos si están dentro de una vitrina. Los textos deben escribirse para un público general, con un nivel de lectura de estudiante de secundaria, y priorizar siempre la claridad sobre la exhaustividad. Esta estructura no es arbitraria: responde a cómo los visitantes recorren realmente una exposición, alternando la lectura rápida con momentos de profundización. Para Serrell, comprender esta lógica es más que una cuestión estética. Es la clave para ayudar al visitante a construir significado, y no solo a recibir información.

